Mostrando entradas con la etiqueta público. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta público. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de junio de 2020

Rosita Fornés sobrevivió a la nostalgia.




Rosita Fornés sobrevivió a la nostalgia.

Por Lázaro Sarmiento.
  

Hace unas horas, un  joven mostró en las redes sociales un tatuaje  en su antebrazo con el autógrafo de la estrella y un dibujo alegórico. Ese joven fue niño rositómano como antes lo fueron sus padres y los padres de éstos. El fervor hacia Rosita Fornés se originó hace tres generaciones y quizás sea muy parecido al entusiasmo con el que los niños aclaman en la actualidad a sus ídolos del fútbol.

 

Recuerdo que hace unos años, en una casa de la Víbora, un venerable anciano conservaba orgulloso  una cajita de fósforos con  lentejuelas de un vestido que la artista había usado en una de sus temporadas en el Teatro de la Comedia. Los niños rositómanos crecieron: llegaron o la mitad de la edad de su estrella, o la alcanzaron. Tienen hijos, sobrinos o amigos jóvenes. Heredaron el mismo fervor por la artista que cruzó como un cometa el cielo de sus emociones. Los niños rositómanos están en todas partes. Y los que viven fuera de la Isla se llevaron en sus maletas, gritos, fotos, adjetivos y el eco de los teatros.

Norma Desmond lo intuyó en dos oraciones: “Nadie deja nunca a una estrella. Eso es lo que las vuelve estrellas”.

Ignoro la edad en que un niño se enamora de una estrella de televisión. Incluso un niño cuyos amigos de su barrio tenían como estrellas a los lanzadores de béisbol. En algún momento quedó cautivado por una artista rubia, que salía una vez a la semana en la pequeña pantalla. Interpretaba canciones, comedias y dramas y lo hacía como princesa, duquesa, vampiresa, viuda sensual, chica ye ye (hasta bailando mozambique) alegre dolly, cleopatra, se rodeada de bailarines, se cambiaba varias veces de vestuario y parecía que todos los reflectores del mundo coincidían sobre el aura de su rostro. La cámara se enamoraba de su belleza. Y ella aceptaba el galanteo. Yo siempre escuchaba los mismos comentarios de mi abuela desde la cocina sobre los años de la artista: Lazarito, la edad de Rosita viene de un tiempo muy lejos. ¿Qué importancia podía tener para un niño el tiempo, si eso es lo que más le sobra?

En una Escuela al Campo que carecía de aparato de televisión, atravesaba una noche cada semana un escabroso campo de papas hasta el campamento más cercano donde había una caja de las ilusiones para ver su programa favorito del Canal 6. No caminaba solo por la oscura guardarraya. Se las arreglaba para arrastrar consigo a algunos de los jugadores de béisbol.

Mi abuela se equivocaba cuando decía que la edad de la estrella venía de muy lejos. No, abuela, Rosita Fornés viene de una esa zona en la cual las cronologías desaparecen, el glamour se reafirma, lo mítico trasciende, el personaje se fabula (derecho democrático de sus admiradores), y la memoria de una generación pasa a la siguiente.

Hace unas noches presencié en el programa La danza eterna una emisión dedicada a la larga trayectoria artística de Rosita: fragmentos de películas, kinescopios, videos de sus programas y de sus grandes recitales. Aunque mi emoción no puede ser la misma de un adolescente, me reafirmé en la admiración. No encontré un solo gesto fuera de lugar en las actuaciones reunidas de la artista a través del tiempo. No es el elogio que merece cuando repetimos que su mérito descansa en la diversidad de géneros que interpretó. Que era una artista completa. Es verdad. Pero hubo otras con demostrada versatilidad que no trascendieron. Se desvanecieron en las secciones de farándula de las revistas.
Los valores de Rosita Fornés se sustentan en lo adecuada que estuvo en cada papel y en esa magia indescifrable que la acercó a la perfección. Trabajó con la disciplina de una obrera. Basta revisar cualquiera de los numerosos videos subidos a YouTube y a otros sitios de la internet: Miro como se vuelve de espaldas a la cámara para alejarse escoltada por sendas filas de percusionistas hasta perderse en el fondo del set luego de una clase magistral de prestancia y 
 decantación de gestos, mientras el cuerpo juega con una boa blanca que, más que una prenda, parece un animal rendido a su sensualidad. No exagero. Hay un extenso material visual como testimonio.

Rosita Fornés trascendió porque el público así lo quiso. La popularidad es una categoría que ningún decreto puede establecer. La popularidad es la reacción espontánea y acumulada de las multitudes. Y cuando esa popularidad se cimenta junto al cariño y la dignidad artística estamos en presencia de un símbolo en el horizonte cultural de una nación.
Al ver las fotos que sus admiradores publican en las redes sociales, imagino los paisajes que están detrás: la Corte Suprema del Arte, la Guerra Mundial, el Tívoli del DF, mimada por el lente del mexicano Herrera, actuaciones esporádicas en Churubusco, posando para el cubano Armand, Barcelona, la Guerra Fría, el platillo volador en la Ciudad Deportiva , conquista Moscú y toda la Europa Oriental , los estudios del Focsa , el teatro Amadeo Roldán, su interpretación de “Es mi hombre” en el Mella mostrando sus muslos gloriosos contra la gravedad sostenida por el Chino Castellanos, a una edad en que ese movimiento acrobático era una proeza …Y por último, aquella revista memorable en el 2008 en el Anfiteatro de la Habana en la que quizás fue la última de sus presentaciones con ritualidad de gran vedette.

Cuando finalizó el homenaje de La danza eterna, pensé en el niño que una noche descubrió un programa de televisión donde las cortinas se descorrían como en los teatros y se oían voces en off "¿Qué hora es? Es hora de comenzar… " Y aparecía deslumbrante la reina del show.

Sentí que volvía a mi casa de Luyanó y bajaba a la esquina para contarles a mis amigos del barrio noticias inventadas sobre su artista favorita en la televisión. Entonces el niño no sabía que aquella era una época difícil para una estrella. Había funcionarios que desconfiaban del glamour, las plumas, las lentejuelas, de los cambios constantes de vestidos. Sin embargo, siempre estaban - y nunca faltarán - las ilusiones. Volví a escuchar las frases que le gritaban sus fanáticos desde la platea y a la salida de los espectáculos. Algunos con delirio. No hay nada raro en esa vuelta. La palabra nostalgia en su origen griego fue nóstos, es decir, regreso al hogar. Rosita Fornés había regresado a la casa de las emociones.

Ella sobrevivió a la nostalgia.

sábado, 11 de julio de 2015

FOTOGRAMAS



Hay sucesos breves que brindan  placeres  muy privados  que nunca olvidamos. Una vez  entré a  la cabina  de proyección de un cine de barrio mientras transcurría la función. Me habían dicho que a mitad de película, el joven  proyeccionista  salía siempre  de su  angosto local y  pedía en voz alta fuego  para prender  un cigarro. Al día siguiente me senté en la última fila del balcony,  con una fosforera en el bolsillo.  Y gracias a la chispa que  alimenta el vicio,  disfruté  del filme con mis  ojos alineados  con  el haz de  luz que daba vida a una historia en  la pantalla. No solo  los actores se revelaron   de una manera diferente.  Parapetado junto a la máquina rebobinadora, observé las  obscenidades gozosas del público en las butacas. Era una atmósfera de sombras chinescas con personas reales y gemidos en sordina.  



sábado, 22 de mayo de 2010

EL ARTE PERDIDO DE AQUELLAS MUJERES MANDRÁGORAS.

“Las estrellas se movían en un mundo propio, silencioso, aislado del tráfago nuestro, con algo de peces raros que nadaran tras los cristales de un acuario. Una barrera, más ancha que un lindero de candilejas, que la fosa de una orquesta, se interponía entre los espectadores y aquellas mujeres-sirenas, mujeres-mandrágoras, mujeres-aves, que silbaban tragedia con voces inaudibles, que nos hablaban con labios mudos, mientras una orquesta –más a menudo, un piano desafinado- trataba de seguir la acción, tocando el Erotikon de Grieg en las escenas de amos, ,la obertura de Guillermo Tell para acompañar las cabalgatas, o En un mercado persa (fantasía oriental)de Keteilby, cuando se trataba de evocar la Persia o el Egipto. Pero esa misma distancia, ese mismo deslinde establecido entre el ámbito del espectáculo y el ámbito del hombre cotidiano, confería a los actores un misterio, un prestigio, una poesía que mucho les hizo perder el cine sonoro…”


“Terminaron los días en que Theda Bara fascinaba al público con gigantescos close-up de sus ojos; en que Nazimova adornaba su cabellera con cerezas plateadas; en que el “eterno femenino” se acompañaba de una utilería de plantas exóticas, de muebles propicios, de ornamentos peculiares, que habían terminado por crear –por su estilo sin estilo- una suerte de barroquismo californiano”.


Fragmento del artículo Una época de cine, publicado por Alejo Carpentier el 18 de noviembre de 1954 en el periódico El Nacional, de Venezuela. Unos meses antes, bajo el título Ocaso de una mitología, Carpentier observaba que en la actualidad, “las estrellas se han despojado de sus aureolas, de su misterio, del relumbre de seres sobrenaturales que vivían sus amores, matrimonios, excentricidades y divorcios, en un mundo aparte, tras de las puertas de estudios, severamente custodiados”. Estos textos aparecen incluidos en el volumen Letra y Solfa, Alejo Carpentier Cine, 1, compilación de Raimundo Respall Fina, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1989.

CINE DE LA HABANA DONDE SE ESTRENÓ EL CANTANTE DE JAZZ.



El 20 octubre de 1921 Santos y Artigas inauguran el cine teatro Campoamor, en Industria y San José, La Habana, construido a un costo de 300 mil pesos de la época. En el libro La tienda negra. El cine en Cuba (1897-1990), la investigadora María Eulalia Rodríguez deja constancia de que en el Campoamor se estrenó el 15 de febrero de 1928 el filme El cantante de jazz (The jazz singer), de la Warner, interpretado por Al Jolson. La famosa frase dicha por el protagonista a su madre inicia la invasión del cine sonoro por las salas de todo el mundo: “No has visto nada aún”.

Tengo la cara de una vampiresa, pero el corazón de una feminista.” La actriz Theda Bara, la primera vamp o mujer fatal del cine, nació 29 de julio de 1885 en Cincinnati, Ohio y murió 7 de abril de 1955 en Los Ángeles, California.

viernes, 28 de noviembre de 2008

La reina de los cines de La Habana.
Por: Lázaro Sarmiento

La actriz italiana Francesca Bertini (1888-1985) fue la primera de las divas. Era una época en que según Alejo Carpentier, “las estrellas se movían en un mundo propio, silencioso…con algo de peces raros que nadaran tras de los cristales de un acuario...mujeres-sirenas, mujeres-mandrágoras, mujeres-aves, que aullaban tragedias con voces inaudibles, que nos hablaban con labios mudos…” Francesca Bertini reinaba en esa fauna de celuloide.


En mayo de 1916 se proyectó Odette, un filme anodino si no fuese por la actuación de la Bertini, argumentan los críticos de hoy. En una función especial en el Teatro Nacional en La Habana, el público seleccionó a Odette como la película más popular. Se recogieron las firmas de los espectadores en un álbum que le enviaron a la actriz en Italia. En una entrevista posterior ella dijo que guardaba con gratitud el álbum de sus admiradores cubanos.

En septiembre de 1916, se le pregunta al público del cine Payret en que género prefería a Francesca Bertini, si en el dramático o en el cómico. Triunfó el dramático. La intérprete de Assunta Spina era ratificada entre nosotros como la gran trágica.

En la Calzada de Luyanó, en La Habana , todavía esta en pie la fachada del cine Norma, inaugurado en 1910. Ese mismo Francesca Bertini protagonizó la cinta Lucrecia Borgia. Y desde la pantalla del Norma, la primera de las divas debió clavar sus misteriosos ojos negros en los espectadores mientras con labios mudos aullaba tragedias de llantos espantosos.

ecoestadistica.com