sábado, 17 de julio de 2010

CREAR

Katherine Anne Porter en una entrevista: “Hasta Santa Teresa dijo:
‘Puedo rezar mejor cuando estoy cómoda’.”

(De vez en cuando un mini post)

Primavera o Descanso, óleo sobre tela, 1940 Autor Jorge Arche (1905 - 1956)

viernes, 16 de julio de 2010

MIS MUSLOS NO TIENEN NADA QUE ENVIDIARLE A LOS DE ROSITA FORNES.

Por: Lázaro Sarmiento

Los muslos de Rosita Fornés eran tema frecuente de conversación en mi familia. Igual sucedía con el pelo de María Félix. Delante de las visitas, mi abuela decía siempre que el pelo de mi madre era tan hermoso como el de la actriz mexicana. En verdad, mi madre poseía una abundante y atractiva cabellera que debió empezar a teñírsela desde niña porque las canas aparecen en esta familia a edades muy tempranas.


El pelo era una de las obsesiones de mi abuela. Una vez, durante una crisis económica muy fuerte que hubo en el país , me hizo jurarle por San Lázaro y toda la Corte Celestial que si , por desgracia del destino, llegaba a perder la cabeza antes de morirse, no dejara que la enterraran con las canas al aire, que se las cubriera aunque fuera con betún o papel carbón.

En los años sesenta, debido a la escasez de productos, era muy difícil para la peluquería Hollywood complacer a sus clientas, entre las que se contaba mi abuela desde sus días de empleada doméstica. Hacerse un peinado y teñirse en Hollywood fueron dos cosas que se le pegaron de la Polaca porque, para bien o mal, los empleados adoptan muchos de los hábitos de las personas para las que trabajan. A la peluquería la acompañaba en ocasiones su hermana Marina. Las dos, en mi presencia, acostumbraban a protagonizar la siguiente escena:

Marina se subía gozosa la saya plisada y con pose de bailarina de can can me preguntaba:
-Dime Lazarito si mis muslos tienen que envidiarle algo a los de Rosita Fornés!
A lo que mi abuela añadía:
-Y eso que tú nunca te has hecho una cirugía plástica.

Marina creía que sus muslos eran superiores a los de vedette nacional. Yo, por unos segundos, fingía que dudaba. Luego le decía que los suyos eran más hermosos que los de Rosita, pues la conveniencia de mentir para darle alegría y tranquilidad a los demás figura entre las acciones que aprendemos de niños. Por eso, para impresionar a mis compañeros de la escuela, trasmutaba a mi abuela en primera dama de un drama, o reina de una fabulosa aventura. Y ella me seguía divertida.

Cuando los polacos se fueron de Cuba y nos quedamos de dueños de la casa, yo traía a mis amigos y los conducía en una visita dirigida por la terraza del frente, la sala, el comedor y la terraza lateral. Estos son ceniceros de murano…aquí el tocadiscos de alta fidelidad y la voz de Nat King Cole en Aquellos ojos verdes, voy a encender la luces indirectas, miren estas reproducciones en miniatura del Empire State y la Torre Eiffel, no toquen por favor las copas de bacará. ..Les mostraba los jarrones de inspiración cubista y todos los objetos posibles acumulados en un inmueble de la pequeña burguesía en el barrio de Santos Suárez.

La pieza favorita, la que superaba a todas las demás en los performance sobre mi abuela por el mundo, era el abrigo de visón que ella había comprado en una de sus visitas a Nueva York. Mi abuela no desmentía una sola palabra. Se iba a la cocina a preparar una limonada mientras el mayor de sus nietos, muy ceremonioso, salía del dormitorio principal mostrando el magnífico abrigo que por puro milagro los polacos no vendieron antes de marcharse a los Estados Unidos. Ignoraba que para su confección habían sido sacrificados unos 60 ejemplares del pequeño mamífero llamado visón. Yo le anunciaba a los imberbes espectadores que esta era una prenda carísima salida de una tienda en la Quinta Avenida de Nueva York. Hasta entonces, esa ciudad había sido principalmente el escenario mágico de muchas películas que transmitía la televisión en Cine del Hogar. Pero en pocas semanas se convirtió en los periódicos en un lugar muy vinculado a Cuba. Fidel Castro ya había estado dos veces en Nueva York y desde allá viajó a La Habana el birmano Utah, jefe de las Naciones Unidas, cuando el planeta estuvo al borde de una hecatombe atómica durante la crisis de los cohetes.

Hubo gente que no tenía miedo de la guerra, pero mi abuela permaneció muy preocupada por esos meses porque mis tíos y los maridos de mis tías fueron movilizados en unidades militares secretas. Yo no tenía edad entonces para entender el peligro global. Y mientras los milicianos marchaban hacia lugares que no aparecían en los mapas, y desde lo alto de los rascacielos enanos de La Habana podían verse con prismáticos los barcos de guerra norteamericanos en el horizonte, yo me entretenía inventando historias para mis compañeros de aula, como la del amante que mi abuela tenía en Panamá, donde amasaba una fortuna incalculable que algún día nosotros heredaríamos. Mi abuela nos invitaba a pasar a la terraza cercana a los flamboyanes. Allí nos servía la limonada con hielo frapeé en bandeja de plata.

Poco importaban los acorazados yanquis a unas pocas millas del malecón habanero. Yo me sentía a salvo buscando en los armarios de los polacos nuevos tesoros con los que deslumbraría a mis amigos, y mi tía Marina estaba feliz porque creía que sus muslos eran más hermosos que los de Rosita Fornés.

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Yo les mostraba el Empire State en miniatura...

Mi abuela Margot (izquierda) y Marina a principios de los sesenta. Mi tía-abuela (90 años) aún vive pero ya no puede recordar la época en que estaba orgullosa de sus muslos.



… una de las obsesiones de mi abuela.

domingo, 11 de julio de 2010

NANCY CUNARD, FRENTE AL MUNDO.

Por: Lázaro Sarmiento

"En una crisis de su agonía bajó casi desnuda por el ascensor del hotel. Allí se desplomó y se cerraron para siempre sus bellos ojos celestes. Pesaba treinta y cinco kilos cuando murió. Solo era un esqueleto.”

Nancy Cunard murió en París en 1965. Es uno de los numerosos personajes que pasan por las páginas de Confieso que he vivido, de Pablo Neruda, libro que leí por primera vez hace muchísimo tiempo.

Este domingo volví a las memorias del poeta chileno, motivado por el recuerdo del pasaje donde describe la muerte de una mujer que siendo un símbolo glamuroso “luchó toda su vida contra el racismo y los prejuicios sociales, y se relacionó con escritores como Ernest Hemingway, James Joyce o Langston Hughes, convirtiéndose en musa de muchos de ellos.”

Nancy, hija de Lady Cunard, había sido la única heredera de la Cunard Line, el famoso imperio de trasatlánticos.

Ella escandalizó a la aristocracia británica alrededor de 1930 cuando se escapó con un negro, “musicante de unos de los primeros jazz band importados por el hotel Savoy “de Londres. Lady Cunard la desheredó al conocer el negro destino elegido por su hija.

Pablo Neruda destaca que Nancy no pudo volver a residir en Inglaterra , abrazó la causa de la raza negra perseguida, se fue a Addis Abeba durante la invasión de Etiopía y viajó a Estados Unidos para defender a unos muchachos negros de Scottsboro condenados injustamente por los tribunales norteamericanos. De ese país fue expulsada.

Nancy Cunard , rica heredera, musa, idealista política , icono de la moda en los años veinte, se rodeó de mucha de la gente más inteligente y brillante de su tiempo. Pero su vida terminó en la miseria y en la confusión mental causada por el alcohol y las drogas.

De Confieso que he vivido siempre recuerdo, y hasta me gusta fabular, la escena de Nancy Cunard en su frágil desnudez en un ascensor de Paris:

“Su cuerpo se había consumido en una larga lucha contra la injusticia en el mundo. No recibió más recompensa que una vida cada vez más solitaria y una muerte desamparada”.


viernes, 9 de julio de 2010

LA HABANA…


“Porque La Habana tiene un privilegio que solo conocen la grandes capitales del mundo. Y es que el aburrimiento no vive en sus calles. La calle habanera es un espectáculo perenne: teatro, caricatura, drama, comedia, o lo que sea. Pero hay en ella materia viva, humanidad, contrastes que pueden hacer las delicias de cualquier observador. ¡Y no hablemos de ciertos suburbios capitalinos!… ¡No hablemos del puerto! …Porque en este caso penetramos en los dominios del cuento de hadas.

"Por cinco centavos, una lancha, con atribuciones de alfombra mágica, puede llevarnos a Regla, la ciudad misterio, donde reina constantemente una atmosfera de prodigio."

Alejo Carpentier en Crónicas del regreso, 1941.





viernes, 25 de junio de 2010

CARLOS MONSIVAIS, PASION POR EL CINE.



“Compartimos una pasión por el cine, como si la juventud de este arte mereciera memoria, referencias y cuidados tan grandes como los clásicos más clásicos, y era cierto. La frágil película de nuestras vidas, expuesta a morir en llamaradas o presa del polvo y el olvido, era para Monsiváis un arte importantísimo, único, pues, ¿de qué otra manera, si no en el cine, iban a darnos obras de arte Chaplin y Keaton, Lang y Lubitsch, Hitchcock y Welles? Y no se crea que el "cine de arte" era el único que le interesaba a Carlos. Competía con José Luis Cuevas en su conocimiento del cine mexicano y con el historiador argentino Natalio Botana en películas de los admirables años treinta de Hollywood.

“Juntos, presentamos hace un año diez películas que juzgamos las mejores de todos los tiempos -del Amanecer de Murnau a Bailando bajo la lluvia de Kelly y Donen-. Pero enseguida nos dimos cuenta de la injusticia e insuficiencia de tal selección. ¿Dónde quedaban Antonioni y Bergman, Rogers y Astaire, el cine de gánsteres, los westerns que Alfonso Reyes calificaba como "la épica contemporánea"? ¿Y dónde, Juan Orol y Rosa Carmina; dónde las cejas actuantes y activas de María Félix y Dolores del Río; dónde los parlamentos inescrutables de Arturo de Córdoba y la inventiva popular de Clavillazo?"

Fragmento del artículo Pasiones de Monsiváis , publicado en Babelia (26.06.10), en el cual Carlos Fuentes evoca su amistad con Carlos Monsiváis, a quien describe con estas palabras: “ingenio rápido, cultura profunda, mirada penetrante, referencia oportuna, melancolía escondida, regocijo siempre. ”

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