sábado, 11 de diciembre de 2010

UN CRETINO.

“Recuerdo un regreso a Roma en tren, al atardecer. No sé de dónde volvía, pero me aguardaba una esposa o una amante y un corro de niños que cantaban. Hacía calor en el crepúsculo. El tren bordeaba ese barrio de chabolas de las afueras donde las casas son simples cobertizos redimidos por la salvaje fertilidad de los pequeños jardines. En uno de esos jardines diminutos, un joven se bañaba desnudo en una palangana. Se habría dicho que se preparaba para atender las mesas de una trattoria del Gianicolò. Sólo recuerdo su aspecto juvenil, la palidez de su piel, el vello de las axilas y la ingle. Lo amé. ¡Cómo lo amé! En ningún momento se me ocurrió que pudiera ser un cretino de aliento fétido y voz gangosa. De manera que volví a la ciudad y al círculo de amistades sumido en la tristeza, encorvado como un impostor agobiado por las culpas. Ahora que soy viejo, pienso que esos caprichos son parte de la riqueza de la vida.”

(Tomado de Diarios de John Cheever)

De vez en cuando regreso con delicia a los Diarios de Cheever. Hace años que lo hago con largas pausas pues estos textos, donde el autor intentó descubrir su yo más íntimo, son para disfrutarlos con pies de gato.

John Cheever nació en Quincy, Massachusetts, en 1921. Recibió el Premio Pulitzer en 1978. Murió en 1982.


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