domingo, 3 de febrero de 2008

ROSITA FORNES EN UNA PECERA (I)


Por: Lázaro Sarmiento

Ahora que Rosita Fornés celebra su cumpleaños 85, quiero recordar la entrevista que a fines de 1988 le hice para el programa Musicalísimo de Radio Ciudad de La Habana. La emisión fue premiada al año siguiente en el Festival Nacional de la Radio.

Cuando se abrieron las puertas del elevador, fue como si se hubieran descorrido las cortinas de un teatro: Rosita Fornés mitad-vedette, mitad- mujer real, en el papel de ella misma pero a las cuatro de la tarde.

Jean ajustando las carnes, tacones altos, gafas ahumadas, cabellera batida, labios de rojo intenso, maquillaje rejuvenecedor como piel extra, sarape mexicano encima del pulóver tortuga, perfume y unas pocas joyas de plata. Se acercaba ya a los 66 años pero los movimientos al andar, el brillo de los ojos y algunas partes del cuerpo gravitaban hacia edades imprecisas. Dijo “buenas tardes muchachos”, mostró la timidez coqueta de las famosas y cubrió a todos con una sonrisa luminosa, que no iba dirigida a nadie en particular, pero que cada uno podía interpretar como algo personal.

Le ofrecieron una taza del único café posible que existía, es decir, malo, y lo agradeció como el más exquisito gourmet. En todo momento daba la impresión de concederle una gran importancia a esta entrevista, no obstante tener lugar en una emisora que muy pocas veces difundía sus grabaciones pero donde –le habían dicho- “trabajaba gente muy inteligente”.

Las pupilas de los jóvenes de Radio Ciudad reflejaron ese día un arcoiris de reacciones: curiosidad, morbo, admiración, sorpresa, frialdad, dureza y respeto. Empeñados en hacer una radio lo más parecida posible a la época en que vivían, la mayoría no tenía vínculos con el mundo de farándula y lentejuelas al que permanecía anclado, en “handicap dorado", el nombre de Rosita Fornés.
Mientras preparábamos el programa, comenzó una conversación informal, de lo cotidiano y lo artístico. Rosita venía de solicitar que repararan la bomba de agua de su edificio -para esos trajines los vecinos contaban con ella- pues su nombre funcionaba como abre puertas; habló de los leones cuyos rugidos llegaban hasta el balcón de su apartamento frente al zoológico- a veces esas fieras se ponen insoportables-, y nombró las canciones que estaba montando para una revista musical que estrenaría dentro de unas semanas.

Luego surgieron otros temas: el cine nacional la había ignorado olímpicamente durante casi 25 años hasta que filmó Se permuta; los funcionarios que dirigían la televisión no atendieron su último programa, el cual mudaron de horario y canal hasta que terminó desapareciendo, y hubo una época en que fue criticada por los constantes cambios de trajes ( en una noche: georgette, organza, shantoung, lamé plateado) en Desfile de la alegría o De repente en TV. Pensé: si en Cuba no querían culto a la personalidad, no podía haber tampoco culto a Rosita Fornés.

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