jueves, 8 de mayo de 2008


FACHADAS DE CINES: Norma
Por: Lázaro Sarmiento
Antiguo cine Norma, Calzada de Luyanó no. 702, La Habana. Inaugurado en 1910, el año del cometa. Fantasma que habita este cine: Francesca Bertini.

-¿Norma Shearer?
No. Cuando este local abrió sus puertas ella era una niña, lejos del estrellato que luego conquistaría en Hollywood.

-¿Acaso Norma Talmadge?
No, no…. Todavía no se había convertido en la actriz más reveladora de la Vitagraph.

-¿Norma, de Bellini?
La ópera de la vieja escuela italiana seguía representándose con éxito en los inicios del siglo veinte.

O tal vez Norma era la esposa del empresario que construyó este salón en la avenida que sirve de frontera entre las barriadas de Luyanó y Lawton. Los elementos musicales presentes en la decoración sugieren que el nombre viene por la famosa ópera, cuyo papel principal, dicen, es uno de los más difíciles para soprano de coloratura.

La cronología La Tienda Negra, de la Cinemateca de Cuba, en la fecha del 7 de mayo de 1910, registra este dato: “El salón Norma, inaugurado recientemente, se anuncia como el único con butacas de caoba y piso con desnivel”.

Según el Anuario Cinematográfico y Radial Cubano de 1959, el cine Norma tenía 820 asientos. Desde hace bastante tiempo pasó a ser almacén. Es una de las fachadas de cine parcialmente conservadas más antiguas que existen en La Habana.
Imagen: Cine Norma.Calzada de Luyanó.La Habana.Mayo 2008. Foto: Autor

LA FARANDULA PASA: María Antonieta


Por: Lázaro Sarmiento




Un canal de la Televisión Cubana le dedicó recientemente un programa de 60 minutos a la cantante María Antonieta (Camagüey, 1955)

María Antonieta. Carne de estrella. Baile. Registro vocal que asume diferentes géneros. Piernas poderosas. Y muestrario de gestos y rituales de primera figura. En los inicios de su carrera se vincula al Teatro Musical de La Habana. En el escenario de la calle Consulado se destaca en revistas musicales. Allí la descubre un público ávido por aplaudir a nombres que se relevan de un tiempo a otro.

El rostro y la cabellera felina de María Antonieta quedan enmarcados a fines de la década de 80 en un póster que adorna el entorno de muchos de sus seguidores. A la par, ocupa un lugar entre los referentes del mundo gay cubano junto a otras artistas encabezadas por la histórica Rosita Fornés.

En Madrid, durante una temporada como estrella de varietés, María Antonieta alcanza quizás el momento más alto de su trayectoria rodeada de plumas y lentejuelas. Y en 1994 viaja a Suiza, Alemania y Austria con el elenco del show del cabaret Tropicana.

En la balada y la canción popular proyectaba una imagen escénica diferente, animal de lujo sobre el asfalto, bastante distante a la de otras cantantes de su época. Aun queda algo de esa María Antonieta que parecía una modelo de alta costura, fabricada de neón. Pero, según explicó en televisión, su carrera ha derivado hacia el modesto espectáculo acompañada por un pianista ante las dificultades para explotar sus aristas de vedette. Recordó que la vedette necesita una tropa de bailarines, arreglistas, maquillistas, asistentes, luces, músicos, vestuaristas y también espacio suficiente. Imposible. Ese mundo no esta ahora al alcance de María Antonieta.

Uno de sus colegas comenta que ella pertenece a una especie de artista en extinción.

En los últimos tiempos administra su madurez en el ambiente más íntimo del Gato Tuerto, un café concert del Vedado, sin que la nostalgia la paralice. Interpreta un repertorio que va de lo retro a la transgresión emocional y que incluye temas como Quiero hablar contigo (Carlos Puebla), Cavaste una tumba (Cary del Río), Como una ola (Manuel Alejandro), Días como hoy (Margot Samuel) y Abrázame fuerte. Los últimos títulos evocan a la antigua farándula de La Habana de noche , de la que Marta Strada fue una de sus leyendas.

Para María Antonieta el espectáculo continúa a media luz.

Imagen: María Antonieta con el director Lázaro Sarmiento en el año 2006 durante un programa en Radio Ciudad de La Habana.

martes, 29 de abril de 2008


Las horas del hotel New York (II)
Por: Lázaro Sarmiento


Cuando el hijo del antiguo gerente del hotel New York dijo que pedía mil 500 pesos por aquel reloj de caja -dos metros 21 centímetros de altura, corazón en perfecto estado y sonido diferente cada un cuarto de hora- pensé que estaba bromeando. Con esa cantidad de dinero se podían comprar muy pocas cosas en La Habana de principios del Período Especial y mucho menos un reloj como éste. Tal vez se había equivocado de moneda al pronunciar la cifra y quiso decir mil 500 dólares.

El hombre cuya mujer quizás prefería ingerir langostas plásticas en lugar de las naturales repitió la cantidad en pesos cubanos. Casi tuve un orgasmo de alegría. Disimulé como pude el arrebato y con calculada calma le dije que me parecía bien, que mañana vendría a llevármelo. No, replicó, tiene que ser hoy mismo. Mi mujer me espera en Cojímar.

Unas horas después el reloj viajaba hacia el Vedado en una moto con sidecar. En esa época los chóferes de automóviles y de camionetas de mudanzas pedían cifras increíbles por sus servicios. La moto de un colega sirvió, sin pago alguno, para transportar este mastodonte hasta mi apartamento donde sería mejor acogido. Desde entonces sus sonidos cada quince minutos no han dejado de provocar una suave euforia en los amigos, los fumigadores de mosquitos, los cobradores de la electricidad y los técnicos telefónicos. Y también en los envidiosos.
Yo sigo contando la historia del reloj del New York porque, en realidad, son las palabras las que hacen trascendentes a los objetos. Puede ser que este reloj haya tenido un pasado obsceno en el edificio de la calle Dragones entre Amistad y Águila, en Centro Habana .Como afirmaba Elias Canetti: "Nadie conoce el corazón secreto del reloj".
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