sábado, 21 de noviembre de 2009

LA HABANA, BARCOS EN LA AZOTEA

Por: Lázaro Sarmiento

Una mañana descubrí un barco de Novorossysk y a la siguiente uno de Patras. De niño, me cautivó por largo tiempo la imagen de la Bahía de La Habana vista desde la azotea de la casa de Amelia, una de mis tías. Ella vivía en la calle Damas casi en la esquina de la Avenida del Puerto, a unos metros de los Almacenes San José, que la Oficina del Historiador de la Ciudad convirtió hace unas semanas en un moderno mercado de artesanía artística.

Con unos prismáticos desde lo alto del edificio de Amelia se distinguían las banderas de los países en cuyos puertos estaban registradas la mayoría de las embarcaciones ancladas entonces en las aguas habaneras: URSS, Panamá y Grecia. Y, claro, estaba la Flota Cubana de Pesca. Me entretenía en adivinar la vida que en el interior de los barcos llevarían los hombrecitos que yo divisaba de lejos desplazándose sobre cubierta.

El momento estelar era cuando escuchaba el sonido de las sirenas de las naves entrando o abandonando el puerto. No por habitual dejaba de ser extraño. A veces parecía el quejido del Corazón Misterioso del Océano y otras un mensaje de buenos augurios, principalmente si el día estaba azul y claro. De madrugada, las sirenas me daban miedo.

Por esa época de contar barcos, en el barrio de mi abuela en Santos Suárez comenzó a hablarse en voz baja de Martha la flaca, que – según decían- andaba con marineros griegos. En esos años no había casi turismo extranjero en Cuba. Martha la flaca tenía un rasgo muy especial en su cuerpo: de entre los senos le salían copiosos vellos negrísimos, que ella no disimulaba; más bien los mostraba desafiante. Un tarde escuché a alguien sugerirle que se afeitara aquella mata de pelos entre las tetas. Ella respondió orgullosa: ¡que va, a los griegos les encanta¡

Al día siguiente cuando volví a la azotea de la calle Damas y atisvé un barco de bandera griega atracando en el puerto, me dije: tengo que avisarle a Martha la flaca, sus admiradores están llegando.

Desde entonces han pasado muchos capitanes y barcos por la Bahía de La Habana y en uno se fue Martha. Me pregunto en qué puerto envejecieron sus senos floridos.


4 comentarios:

  1. Lazaro, he viajado ha la azotea de tu tía Amelia, y te visto: "Me entretenía en adivinar la vida que en el interior de los barcos llevarían los hombrecitos que yo divisaba de lejos desplazándose sobre cubierta." ... cuantas barcos pasan, cuantas personas tambien y cuantos enigmas hay detras de cada uno...me quedo divagando, en las personas, como barcos en dulce ir y venir. Un fuerte abrazo

    ResponderEliminar
  2. Hola y buen Kreative Blogger!

    http://kinetografo.blogspot.com/2009/11/kreative-blogger-in-ritardo.html

    ResponderEliminar
  3. DE Interés, este fin de semana volví a los mismos escenarios. Pero cuando intenté subir a la azotea no me dejaron pasar. Ninguno de los inquilinos actuales del edificio de la calle Damas me conocía, aunque se acordaban de mi tía Amelia. Así , con el tiempo nos convertimos en extraños en los escenarios de nuestra propia memoria.

    ResponderEliminar
  4. Thea: Soy un seguidor de la exquisitez de su Kinetografo. Gracias por el Kreative Blogger.

    ResponderEliminar

ecoestadistica.com